jueves, 26 de agosto de 2010

King Kong



Por Raúl H. Pérez Navarrete


En las últimas semanas he comprado y adquirido varias películas de los más diversos géneros y épocas; acaso lo único que tienen en común es lo económicas que me resultaron.




Entre estos filmes se encuentra la primera versión de King Kong, estrenada en 1933, y dirigida por Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack. King Kong es una cinta que hoy día resulta fácilmente ridícula, sin embargo, es indudable su importancia histórica. Los efectos especiales y la extraña historia inspiraron a numerosos cineastas alrededor del mundo entre los que figuran Eiji Tsuburaya, Ray Harryhausen y Peter Jackson; este último, bien es sabido, se encargó en el 2005 de reinventar al célebre personaje en una película protagonizada por Naomi Watts, Jack Black y Adrien Brody.

A más de 60 años de su creación, parafraseando a Jorge Luis Brges, esta obra es clásica y por lo tanto, significa todo para todos. En lo personal, me quedo con lo planteado por Igor Ubelgott en el número 64 de la revista Algarabía: “…King Kong es el signo de la parte oscura, terrenal, salvaje y llena de pelo del hombre, que es expulsado del Paraíso por la tentación de una mujer -que, como la Eva del Génesis, es tentadora, pero devoradora y venenosa- y de ahí su caída a un mundo terrible y lleno de imperfecciones”.


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