jueves, 22 de abril de 2010

Los abusos de la Iglesia



Por Raúl H. Pérez Navarrete

De nueva cuenta más denuncias; de nueva cuenta más víctimas que alzan la voz. Por su parte, los defensores de la Iglesia aseguran que las cifras sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes son exageradas, sin embargo, el tema no está en la cantidad, sino en el crimen mismo y en el encubrimiento que la jerarquía católica ha hecho. Por otro lado, quienes minimizan la crisis que atraviesa la Iglesia (como Norberto Rivera, por ejemplo), también caen en una actitud lamentable. 300 clérigos acusados entre 2001 y 2001 -según cifras del Vaticano- podrá ser un número pequeño magnificado por los “enemigos de la Iglesia” pero sin duda pone en entredicho la autoridad moral de muchos sacerdotes.

Benedicto XVI prometió “medidas efectivas” para enfrentar este problema; no duda que las aplique, mas no creo que esto se traduzca en clérigos enfrentando a las autoridades civiles.


* * *

Comparto a continuación un texto publicado hoy jueves 22 de abril en las páginas de Por esto!. Es un artículo del maestro José Díaz Cervera y vale la pena ser leído (como todo lo que escribe el maestro José).



...y dijo muuuú

Por José Díaz Cervera

Durante varias semanas, el bovino había tratado de articular algunos sonidos que pudieran hacerlo hablar como lo hacían los seres humanos.

Por las mañanas, después de que pastaba en los potreros, apretaba los músculos ventrales y ensayaba diferentes posiciones en los belfos, tratando de encontrar las coordenadas exactas que le permitieran articular algo parecido a la palabra humana… pero sus esfuerzos eran vanos.



A veces se alejaba llegando al límite del pastizal, y mientras sus ojos se perdían en el verdor de la selva, escuchaba con nostalgia el canto de los pájaros, fracturado por una envidia tenue y ácida.

Una noche en que el vaquero de la finca dejó abierto el corral sin darse cuenta, el bovino salió y se acercó a la casa del amo. Con sus ojos melancólicos miró un reflejo azuloso que discretamente se colaba entre las ventanas, y escuchó voces humanas saliendo de la misma caja cuadrada de donde procedía la claridad extraña que lo intrigaba.

Así escuchó a unos hombres que aparecían en una pantalla cuadrada, vestidos con una especie de batón negro, diciendo que todo esto no era más que una campaña en contra del Papa; alguno de ellos insistía en que eso de la pederastia no era más que un chismorreo de los enemigos de la Iglesia, mientras otro afirmaba (en un lenguaje cantinflesco) que los homosexuales —según algunos estudios “científicos”— son pedófilos.

Allá en su soledad bovina, la res trataba de comprender lo que escuchaba, sin conseguirlo del todo. Fue así como en la pantalla apareció un hombre maravilloso que iluminó la precaria razón del animal con una serie de afirmaciones rigurosas y llenas de sabiduría: “el sistema educativo mexicano impulsa el libertinaje sexual al educar sólo en la genitalidad y no en el ámbito de los valores”.

“Tiene razón”, pensó el bovino, mientras por cuenta propia concluía que todo es culpa del Estado laico que nos educa a todos en el libertinaje sexual.

De regreso en el corral, el torete meditaba las cosas más extrañas.” ¿Cómo —se dijo— los hombres escriben libros en los que se enseña a abusar de niños sordomudos?”.

En sus disertaciones, el bovino usaba una lógica que parecía impecable: si en los libros se enseña el desenfreno sexual que hace que muchos niños pierdan la inocencia y deseen ser abusados por el primero que se les ponga enfrente, y esta circunstancia es el fundamento para que existan tantos curas pederastas, entonces habría que acabar con los libros y aún más: con el Estado laico que los produce.




Después de tan brillante conclusión, el bovino suspiró satisfecho, pero aún con un cierto dejo de tristeza. A la mañana siguiente, muy temprano, la res se fue al fondo del potrero, lejos de todos y donde nadie pudiera verlo; ahí comenzó su intento magno: apretó los músculos ventrales, alzó el cuello, ensayó diferentes posiciones de sus belfos hasta que por fin consiguió su cometido.

Después de muchos intentos, el buey habló… y dijo muuú….



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