martes, 23 de diciembre de 2008

La sombra*

*Nuevamente comparto un texto de uno de mis maestros.



Por José Díaz Cervera


Caminamos desde el remate del Paseo de Montejo hasta la calle 52. Yo supe que estábamos cerca, cuando desde la banqueta escuché el rumor de una especie de oleaje, hecho de voces que se estrellaban contra el aire. Al cruzar el umbral, todo era como una selva enardecida. No había una mesa donde acomodarnos, aunque desde la barra un hombre nos señalaba con insistencia un sitio exactamente junto al grupo musical. Con algún disgusto ocupamos ese espacio, siempre con la cautela de quien mide el rompe y rasga de los territorios siniestros, donde la luz declina ante la condición sagrada de los hombres que se quebraron en la ebriedad.


Ahí estábamos Agustín Abreu, Pepe y Carlos Castillo, Mario Carrillo y Raúl Pérez pisando en La Sombra ese minuto donde todo es real e irreal, y donde nuestros ojos se entumían tratando de entender si aquellos hombres que poblaban las otras mesas iban de paso o eran como los muebles del lugar o éramos nosotros multiplicados del otro lado del espejo o eran nuestra sombra o nosotros éramos la sombra de ellos.


Las primeras notas del grupo musical fueron una mezcla extraña de sonidos que caían sobre mis espaldas. Un hombre fornido, bajo de estatura y de tipo costeño comenzó a cantar, mientras en nuestros vasos se hacía la espuma del segundo “misil”. Mario hacía caravanas al guitarrista, mientras el cantante lo miraba entre sorprendido y turbado. Minutos después, el cantante nos pidió un vaso de cerveza y yo comencé una charla rápida con él. Supe que no era cantante sino miembro de la Fuerza Aérea, y que venía de Guerrero, de la “Costa Chica”. Hablamos entonces de Ometepec y Cuajinicuilapa, y nos dedicó una cumbia que escuché decenas de veces en el tiempo cuando tuve oportunidad de andar por esos rumbos.


En pocos minutos el asunto tomó un giro inesperado, cuando el cantante improvisado y yo agandallamos por unos minutos el micrófono y nos pusimos a cantar. Para el tercer “misil” se desató la entraña sensiblera: “Naila, di por qué me abandonas..."


Todo tomó nivel de suficiencia antes del cuarto “misil” y, después de una hora con quince minutos de intensidad, el asunto no daba para más: éramos seis extraños en un país de extraños.


Al salir a la calle el aire era ligero. Todavía quedó tiempo para discutir cuál era el mejor Shakespeare cinematográfico. Alguien dijo: ¡pinche Tejada, se largó a Sucilá!, y nuestras risas eran como de niños arrobados que habían logrado despistar a sus propias sombras.



Por esto!, lunes, 22 de diciembre de 2008.

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