lunes, 22 de diciembre de 2008

Contrastes decembrinos


Por Raúl H. Pérez Navarrete

Me agrada mi trabajo. Me gusta ser maestro. Lo que no disfruto son las actividades que se realizan fuera del salón de clases: el papeleo para los inspectores de la SEP, el concurso de altares de Hanal pixán, la demostración de villancicos… Sin embargo, hay que cumplir con las obligaciones que vienen de la mano de las responsabilidades esenciales del profesor.

Es así que muy a mi pesar el pasado viernes se llevó a cabo en la escuela donde laboro el festival navideño que incluyó la demostración de villancicos, la pastorela y la comida de cada uno de los grupos de secundaria y preparatoria. Mi abierto repudio hacia la navidad, la falta de tiempo para ensayar, la división casi tribal del salón que asesoro y el exacerbado interés de algunos maestros de convertir los villancicos en un mero accesorio de elaboradas coreografías, hicieron destacar sin duda a mis alumnos, por cierto, algunos de ellos caracterizados como personajes propios de estas fiestas decembrinas, mientras que el resto vistiendo los colores que predominan en estas celebraciones.




Pensé que una vez terminada su participación sólo restaba presenciar el vano intento de los demonios del infierno de detener (como cada año) la anunciación del nacimiento del niño Jesús; sin embargo, a diferencia del predecible guión que se desarrollaba ante nosotros, alrededor nuestro se escribía otra historia con un giro sorpresivo: Jorge, uno de mis alumnos, se acercó para decirme que el ligar al que pediríamos la comida había suspendido su servicio a causa de la muerte de uno de los repartidores, acaecida minutos atrás.

Por supuesto, al principio pensé que era una broma, pero, todavía sorprendido, me dirigí en compañía de doña Grelty, una de las secretarias, a buscar el encargo que Jorge había hecho de emergencia a Tortas don Omar, mientras pensaba si el asunto no se trataba de una mala pasada por parte de don chucho por no celebrar su cumpleaños.

Jugarreta divina, broma kármica o sencillamente -lo que es- una tragedia, el desenlace de esta anécdota, al menos para mis alumnos, es feliz: las tortas de carne al pastor con queso se entragaron a tiempo y luego se rompió la piñata y se cortó el pastel.


Epílogo

Para mí, el resto del día se desarrolló ante un par de cervezas y finalizó con un par de películas.

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