lunes, 3 de diciembre de 2007

Metrópolis: En la claridad de las sombras




Por Raúl H. Pérez Navarrete



Producto del matrimonio formado por la escritora Thea von Harbou, más tarde vinculada al partido nazi, y el director Fritz Lang, hombre de izquierda de origen austriaco, Metrópolis es finalmente estrenada en el año de 1927 luego de más un año de filmación y de 5, 000,000 de marcos de presupuesto que llevarían a los famosos estudios UFA cerca de la quiebra. En la pantalla, la pareja nos presenta un universo de luz y sombra donde una rica y poderosa minoría descansa sobre una oprimida clase obrera que vive y labora bajo tierra. Es un universo de contrastes que envuelve inevitablemente a sus protagonistas y al amor que surge entre ellos; por un lado, María (Brigitte Helm), una joven predicadora hija de un trabajador, y Freder (Gustave Fröhlich), el hijo de Johhan Fredersen (Alfred Abel), el amo de Metrópolis. A las afueras de los teatros, el ambiente que se respira es el de una Europa enclavada entre los estragos de la Primera Guerra Mundial y el advenimiento de una crisis económica generalizada e ideologías radicales y peligrosas.





Tan sólo treinta años atrás, en el sótano de un café en el Boulevard des Capucines de la capital francesa, los hermanos Lumière introducían al público a la que sería una de las expresiones artísticas más importantes del siglo XX; son los inicios del cine y, al igual que muchos trabajos correspondientes a la época, en la obra de von Harbou y Lang la genialidad visionaria va de la mano con la torpeza de los primeros pasos en un mundo silente y de oscuras imágenes.




Desde entonces, Metrópolis ha sido un punto de referencia importante para el género de la ciencia ficción. En el aspecto visual, la cinta es un despliegue extraordinario de escenografías y efectos especiales muy bien logrados; las atmósferas líricas y sombrías de los fotógrafos Karl Freund, Günther Rittau y Walter Ruttmann se convierten en las perfectas aliadas de la dulce y elegante presencia de Brigitte Helm, quien a lo largo de la historia desarrolla convincentemente varios personajes.




Una de la grandes películas de su género, Metrópolis es también un relato épico y fantástico; uno de los momentos claves de la trama tiene lugar entre los muros del laboratorio del siniestro Rotwang (Rudolf Klein-Rogge), una especie de moderno alquimista, y trata de la creación de la antítesis de la heroína con el fin de sembrar la discordia en los habitantes del subsuelo de la gran ciudad. Es una escena impecable y de referencia obligada dentro de la historia de la cinematografía. El ser, rodeado de magia e imaginada ciencia, será tan verosímil que sólo a través de la purificación del fuego se revelará el artificio.

1 comentario:

Ego sum qui sum dijo...

Una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos, no sólo por sus profundas implicaciones sociales, sino por su estética tan impresionante y sus efectos especiales que no le piden nada a lo que se hace ahora.

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