sábado, 3 de febrero de 2007

BABEL




Por Raúl H. Pérez Navarrete


El relato bíblico de la Torre de Babel, ubicado en el libro del Génesis, es visto por muchas personas como una metáfora del pecado de la soberbia; para otras, que dan mayor peso al desenlace de la historia, es una alegoría de la incapacidad del ser humano para comunicarse entre sí. Precisamente es esta segunda interpretación de la que se vale la mancuerna formada por los mexicanos Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga para la creación de su último trabajo cinematográfico: Babel.

Los elementos detonantes de la historia son un rifle y un par de hermanos, dos jóvenes pastores originarios de Marruecos. Entre ellos, un japonés aficionado a la caza, viudo y padre de una adolescente, y un matrimonio norteamericano que emprende un viaje con el fin de salvar su relación, con dos hijos al otro lado del mundo al cuidado de su niñera, una inmigrante mexicana. Nos envuelve a todos y cada uno de ellos la comunicación (o la falta de ella), pero también el azar. Algunas situaciones presentadas por el director y el guionista se antojan improbables, descabelladas, ingenuas, tal vez; sin embargo, González Iñárritu y Arriaga parecen decir que el mundo es así: azaroso, impreciso, desconcertante. La única certeza es que no hay certeza alguna.

Decisiones estúpidas, decisiones apresuradas, simples decisiones. Los personajes de esta cinta se vinculan sin importar la distancia física ni las diferencias culturales gracias a las acciones que llevan a cabo todos los días. Al mismo tiempo, viven aislados en desiertos internos y externos, reales y metafóricos.

Cate Blanchet y Brad Pitt, ambos excelentes en sus respectivos papeles, interpretan a Susan y Richard Jones, matrimonio que busca la cicatrización de sus heridas en el lejano norte de África y cuya historia es el panel central del tríptico que es en realidad la cinta. A un lado Tokio y, del otro, el sur de California.

En la secuencia relativa a Japón se halla el punto más débil del filme. La circunstancia de la joven Chieko (Rinko Kikuchi) está pobremente construida y es innecesariamente extensa. González Iñárritu le concede tiempo valioso a un fragmento que si bien se vincula con el resto por la temática (comunicación, relación entre padres e hijos), carece de la fuerza de sus partes complementarias. En el extremo opuesto se encuentra la desventura de Amelia (Adriana Barraza) y los niños Mike (Nathan Gamble) y Debbie (Elle Fanning), con mejor ritmo y mejor desempeño actoral.

Fotografía precisa y una banda sonora adecuada enfatizan la desolación y la fragilidad de los personajes así como los breves y escasos destellos de esperanza, elementos tan propios de los dos trabajos anteriores de la dupla Arriaga-González Iñárritu. El resultado final es una obra cruda como Amores perros (2001) y desgarradora como 21 gramos (2003) aunque sin la intensidad de la primera y el excelente manejo de las diversas tramas de la segunda.

Babel no es una mala película, pero conforme los créditos aparecen y se desvanecen en pantalla, la sensación de haber presenciado una obra incompleta permanece.



Publicada en Periódico Por esto! 16 de noviembre del 2006

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