sábado, 3 de febrero de 2007

APOCALYPTO

Los primeros minutos de la nueva cinta del actor y director australiano Mel Gibson sólo pueden ser descritos como vacíos, torpes e incapaces de generar un interés verdadero en el espectador. Este tono, gris y poco atractivo, se mantiene a lo largo de las más dos horas de duración de la película. En unas cuantas palabras, Apocalypto es un guión carente de fuerza e imaginación.

Gibson y Farhad Safinia, su colaborador, crean una historia con un conflicto dramático endeble, casi inexistente. Ubicada en algún punto de la extensa zona geográfica alguna vez ocupada por la civilización maya antes del arribo de los españoles, la trama se concentra en Garra Jaguar (Rudy Youngblood), hijo del jefe de una aldea que es hecho prisionero y cuyo pueblo es reducido a cenizas por un grupo de guerreros provenientes de otras tierras. Su familia, a la que logra salvar poco antes de de su captura, es también reclusa del pozo que en una primera instancia le sirve de refugio. Planteado de esta manera, el público se mantiene a la espera de difíciles obstáculos y vicisitudes que se interpondrán entre los personajes y sus respectivas metas pero el peligro nunca se consolida como una amenaza real por lo que es siempre ilusorio.

Las escenas clave como la niña enferma que los viajeros encuentran junto al cadáver de su madre y que de pronto habla sobre una terrible profecía, no poseen el énfasis necesario para constituirse como uno de los momentos memorables dentro del filme a falta de ángulos adecuados de cámara y una mejor ambientación.

Por otro lado, la escasa o nula experiencia histriónica poco importa en este trabajo. Youngblood y el resto del reparto (constituido por Dalia Hernández, Jonathan Brewer y Raoul Trujillo) sólo necesitaron ceñirse a un patrón caracterizado por su maniqueísmo. En los aspectos técnicos, el maquillaje está muy bien logrado, el aprovechamiento de la cámara es débil y la música, a cargo de James Horner (El hombre bicentenario, Una mente brillante) nada contundente.

Se podrá acusar a Mel Gibson de disfrutar de la violencia gratuita, de ser un completo ignorante de la historia de los pueblos prehispánicos y de ser incluso ofensivo con su particular visión, la cinta indudablemente se presta a ser calificada con estas y otras palabras semejantes, al final, lo que lo que en verdad importa es el trabajo fílmico, la obra como tal, que es así como debe ser juzgada y, en este rubro, el resultado es simple y llanamente mediocre.

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