sábado, 12 de noviembre de 2005

Esa madrugada...




Por Raúl H. Pérez Navarrete


Era la fresca tarde de un lunes de mediados de agosto y los enormes cerros que se levantaban frente a mí marcaban la entrada a un territorio inmenso y desconocido; de inmediato, aquel primer encuentro se convirtió en agradable bienvenida y en sorpresivo presagio de los días que se avecinaban.

Ya en el taxi, dirigiéndonos a la ciudad de Guanajuato, con música de banda en la radio, mi mirada se extravió en el elevado terreno y los motivos de mi visita entre los árboles y debajo de cada roca semioculta en el falso equilibrio de las pendientes. Incluso mi compañera de viaje me parecía otra a pesar de encontrarse a mi lado, mirándome e intercambiando impresiones.

Esa noche, sentado a solas al inicio de un callejón, adivinando las palabras de un oscuro libro, el silencio aplacó finalmente todo vestigio de recuerdo alguno; sólo la distancia importaba. En ocasiones, en la fugacidad y el murmullo de una silueta se desvanecía el ensueño y el tiempo de regresar a la habitación se hacía presente muy a mi pesar. Atravesé entonces con desánimo la calle y la madrugada me sorprendió poco después mientras miraba por la ventana, hacia la calle, entre la calidez del viento helado y los destellos de taxis sin ocupantes en la lejanía…

3 comentarios:

Lulú dijo...

Hoy que estoy disfrutando inmensa y felizmente mi tristeza, esto me hizo soltar un lagrimón... y sonreir.

:)

Fuji dijo...

....y la madrugada me sorprendió poco después mientras miraba por la ventana, hacia la calle, entre la calidez del viento helado y los destellos de taxis sin ocupantes ....

Me gustó.

Saludos!

Letras dijo...

Gracias por sus comentrios.

Fuji, ¡qué gran descubrimiento! Edward Gorey es verdaderamente genial

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